La determinación de Al Gore de no asistir a un foro ambiental celebrado en Miami el viernes anterior porque no quería tener de compañero de mesa al presidente Álvaro Uribe no es una acción válida de un verdadero demócrata que de esa manera pretende infligir un castigo a un estado narcoparamilitar, como lo interpreta la oposición. Tampoco es una bofetada insolente ni una ofensa a toda una nación, como lo afirman los uribistas. De lo que si se trata es de un show mediático bien montado y exitósamente explotado por los equipos asesores de relaciones públicas de los dos protagonistas principales.
El ex vicepresidente americano es un zorro político muy sagaz y astuto. Él solamente hace lo que le favorece a él mismo. Al Gore es un hipócrita que domina a la perfección el arte de utilizar la doble moral para amasar poder y afianzarlo. Una cosa es lo que dice en los escenarios públicos y otra muy diferente es lo que hace oculto detrás del telón. Lo anterior quedó ya en el año 2000 esclarecido gracias a una biografía escrita por el periodista radical Alexander Cockburn y el ambientalista Jeffrey St Clair.
En la biografia “Al Gore: A user’s manual” los autores le quitan esa máscara de “Mr Nice Guy” que tanto éxito le ha traido al ex vicepresidente en su trayectoria política. El rostro que aparece entonces es el de un hombre rico y descaradamente pragmático, un hombre inteligente con la conciencia a la venta, siempre hambriento de poder y que sabe defender los intereses de las poderosas corporaciones económicas que lo han apoyado.
Por eso cuando era vicepresidente de Clinton podía hablar de manera elocuente y con efervescencia conmovedora sobre la deteriorización del medio ambiente, al mismo tiempo que su presidente trabajaba con esmero para incrementar el consumo de petróleo en los Estados Unidos y así acelerar la economía. Esa misma doble moral mostró Al Gore al impulsar el Plan Colombia. La biodiversidad colombiana le valió poco cuando estaban en juego los intereses de empresas americanas como Monsanto y la Occidental Petroleum, con las cuales él tiene relaciones económicas desde hace décadas.
No, a Al Gore no le importa nada las miles de especies de plantas, peces, aves, anfibios y reptiles que hay en Colombia, ni el futuro de los U’wa o el sufrimiento del resto del pueblo colombiano. Lo único que le ha importado es como sacarle el mayor provecho personal al caos que vive este país. Eso es precisamente lo que ha conseguido hasta ahora. Él lleva ya varios años gozando de las enormes regalías que deja tanto el desangramiento del campo colombiano como la corrupción endémica que afecta al estado y sus instituciones. A él sólo le importa que Monsanto gane millonadas vertiendo su Roundup y Cosmo-Flux, y que la Occidental se lleve la mayor cantidad de petróleo posible. Si ganan ellos, gana Al Gore.
Por todo lo anterior es que resulta difícil creer que la determinación suya de no ir al foro de Miami fue primordialmente un acto moral para atacar el gobierno de Alvaro Uribe. Lo más verosímil es en cambio que la meta de Al Gore haya sido de una naturaleza mucho más egoista: la de cuidar su propia imágen.
El ex vicepresidente y profeta ambientalista de mayor éxito en el mundo en este momento podrá ser muchas cosas, pero tonto no es. Él sabe muy bien que sentarse al lado de Álvaro Uribe frente a un centenar de periodistas puede costarle preguntas muy incómodas sobre los efectos ecológicos del Plan Colombia que él impulsó y sigue apoyando. Porque esas son preguntas que, si son bien preguntadas en el momento acertado, a lo mejor no pueden costarle llegar a ser presidente, pero si pueden quitarle la posibilidad de recibir ese premio Nobel de la Paz, al que fué nominado a última hora y el que Al Gore tanto quiere ganarse este año.
Por eso no viajó a Miami y por eso mismo es que él tampoco tenia ganas primero de hacer pública su decisión de no compartir escenario con Álvaro Uribe. Pero el presidente colombiano, quien en su modus operandi es muy semejante al mismo Al Gore, entendió que sería muy estúpido de su parte no sacarle provecho a un acontecimiento que le brindaba la oportunidad de hacer de víctima y así fortificar el apoyo incondicional de su electorado, sus fieles servidores y la clase dirigente empresarial en Colombia, en un momento crucial cuando la tapa de olla exprés donde se ha cocinado la sopa del paramilitarismo y sus engendros está siendo levantada de a poquito y sus hedores repugnantes empiezan a dar testimonio de todos los ingredientes que componen la siniestra receta.
Pero ya pronto se calmará la tormenta, ya pronto llegarán nuevas fábulas con qué entretener a la opinión pública. Para entonces quedará claro que en ésta historia particular ambos personajes principales, el zorro gringo y el zorrillo colombiano, y sus asesores mediáticos se salieron con la suya. Ellos, muy satisfechos por supuesto, saben que ya vendrán otras oportunidades en las que sí puedan sentarse juntos en la misma mesa, eso sí en un lugar privado, lejos de cámaras y micrófonos, para comerse un delicioso “Chuck Wagon Pepper Steak” de Tennessee o una bandejita paisa bien preparadita y agradecerse mutuamente por la ayuda prestada.